Carlos Roa Viana
Si algo ha robado
el derecho a la paz a los venezolanos desde 1999, es el encendido verbo
presidencial. Sobre este fenómeno que muchas veces nos desenfoca de los
verdaderos problemas del país, hay opiniones divergentes.
Por un lado,
posiciones como la del ex embajador de Estados Unidos en Venezuela, John
Maisto, aseguran que al primer empleado de la República, no hay que juzgarlo
por lo que dice, sino por lo que hace, restando importancia a lo que él
seguramente consideraba un elemento anecdótico y folclórico en medio de tanta
cosa insólita que sucede al norte del sur.
Pero por otro lado,
el abogado Gonzalo Himiob Santomé advertía que el belicismo en el verbo de un
funcionario de alto nivel, nunca podía ser subestimado, ya que de la palabra a
la acción hay apenas un paso.
El tiempo ha dado
la razón a Himiob, dejando a Maisto como un ingenuote bonachón. Es tarea
urgente hacer un cruce entre la incontenible verborrea del primer mandatario y
la hiperbólica violencia del país. No hay casualidad alguna en la coincidencia
entre los señalamientos sazonados de violencia que salen desde la tribuna
presidencial y, por ejemplo, las agresiones físicas contra trabajadores de los
medios de comunicación.
Las abusivas,
incontables e interminables cadenas golpean al oído y al ánimo con un
vocabulario sencillamente inaceptable en un jefe de Estado. Es un agravante el
hecho de que posea un ascendente sobre gran parte de la población. Tal conducta
es un ejemplo para muchos. Ejemplo que sin duda se traducirá en acciones
nocivas. Sumemos a ello la caja de resonancia que constituyen los medios del
Estado.
Con un gobierno que
pisa los tres lustros, se va perdiendo la memoria sobre sus antecesores.
Recordamos a un Rafael Caldera de hablar pausado y vocabulario refinado, acorde
a su trayectoria de político de larga data y profesor universitario. Sus modos
de expresión para muchos no conectaban con el pueblo; pero sin duda eran lo más
parecido a lo que deberíamos esperar de su investidura.
Luis Herrera
Campins, con su hablar campechano y sobreabundantes refranes, fue quizá el
gobernante de verbo más cercano a las grandes masas. El particular Carlos
Andrés Pérez obsequió más de un gaffe a caricaturistas y humoristas de
la época, lo cual no lo molestó. Lejos de ello llegó a felicitar a Cayito
Aponte, el más célebre entre sus numerosos imitadores. No tuvo Aponte que
padecer lo que le tocó a Rolando Salazar, exiliado de las pantallas televisivas
por haberse atrevido a parodiar al comandante.
El desatado verbo
presidencial no es inocente ni mucho menos gracioso. Es grave, extremadamente
grave, inapropiado e inaceptable. Tocará al próximo Primer Magistrado, Henrique
Capriles Radonski, devolver la majestad al cargo y redimensionar la muy
maltrecha manera de dirigirse al pueblo que ha implantado la administración
saliente.
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@carlosroa1

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