viernes, 14 de septiembre de 2012

El verbo presidencial

Carlos Roa Viana

Si algo ha robado el derecho a la paz a los venezolanos desde 1999, es el encendido verbo presidencial. Sobre este fenómeno que muchas veces nos desenfoca de los verdaderos problemas del país, hay opiniones divergentes. 

Por un lado, posiciones como la del ex embajador de Estados Unidos en Venezuela, John Maisto, aseguran que al primer empleado de la República, no hay que juzgarlo por lo que dice, sino por lo que hace, restando importancia a lo que él seguramente consideraba un elemento anecdótico y folclórico en medio de tanta cosa insólita que sucede al norte del sur. 

Pero por otro lado, el abogado Gonzalo Himiob Santomé advertía que el belicismo en el verbo de un funcionario de alto nivel, nunca podía ser subestimado, ya que de la palabra a la acción hay apenas un paso. 

El tiempo ha dado la razón a Himiob, dejando a Maisto como un ingenuote bonachón. Es tarea urgente hacer un cruce entre la incontenible verborrea del primer mandatario y la hiperbólica violencia del país. No hay casualidad alguna en la coincidencia entre los señalamientos sazonados de violencia que salen desde la tribuna presidencial y, por ejemplo, las agresiones físicas contra trabajadores de los medios de comunicación. 

Las abusivas, incontables e interminables cadenas golpean al oído y al ánimo con un vocabulario sencillamente inaceptable en un jefe de Estado. Es un agravante el hecho de que posea un ascendente sobre gran parte de la población. Tal conducta es un ejemplo para muchos. Ejemplo que sin duda se traducirá en acciones nocivas. Sumemos a ello la caja de resonancia que constituyen los medios del Estado.

Con un gobierno que pisa los tres lustros, se va perdiendo la memoria sobre sus antecesores. Recordamos a un Rafael Caldera de hablar pausado y vocabulario refinado, acorde a su trayectoria de político de larga data y profesor universitario. Sus modos de expresión para muchos no conectaban con el pueblo; pero sin duda eran lo más parecido a lo que deberíamos esperar de su investidura. 

Luis Herrera Campins, con su hablar campechano y sobreabundantes refranes, fue quizá el gobernante de verbo más cercano a las grandes masas. El particular Carlos Andrés Pérez obsequió más de un gaffe a caricaturistas y humoristas de la época, lo cual no lo molestó. Lejos de ello llegó a felicitar a Cayito Aponte, el más célebre entre sus numerosos imitadores. No tuvo Aponte que padecer lo que le tocó a Rolando Salazar, exiliado de las pantallas televisivas por haberse atrevido a parodiar al comandante. 

El desatado verbo presidencial no es inocente ni mucho menos gracioso. Es grave, extremadamente grave, inapropiado e inaceptable. Tocará al próximo Primer Magistrado, Henrique Capriles Radonski, devolver la majestad al cargo y redimensionar la muy maltrecha manera de dirigirse al pueblo que ha implantado la administración saliente. 

Ttwitter: @carlosroa1

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