Quienes hemos ejercido como productores de radio y televisón a lo largo de este gobierno próximo a cumplir los tres lustros, somos testigos del deterioro del imprescindible nexo entre los funcionarios y los medios independientes.
Al principio, por allá por el año 99 del siglo pasado, se mantenían las formas heredadas de los 40 años de gobiernos civiles. Era normal que nos atendieran el teléfono, poder sacarlos al aire, e incluso que visitaran el estudio.
Con el tiempo, la relación comenzó a agriarse. En lo personal, recuerdo como punto de quiebre un titular del entonces vespertino standard El Mundo, dirigido en aquellos día spor Teodoro Petkoff, el cual titulaba a 8 columnas “¿Qué vaina es esta?” a propósito de un jugoso aumento al sector militar.
Fue la primera vez que el actual mandatario arremetió con poco disimulo contra un medio de comunicación, al menos que yo recuerde. Y desde ese día quedó instaurada la política de matar al mensajero. El tema de discusión no era la acertada irreverencia de Petkoff, sino las carantoñas del poder con quienes manipulan las armas de la República, lo cual no podía tener buen propósito.
Como era de esperarse, no pasó mucho tiempo antes de la salida de Teodoro de aquel medio. Por suerte reapareció con un tabloide en el cual dio rienda suelta a su agudeza política.
Se empezaron a espaciar las vistas a los estudios de los funcionarios oficialistas, dejaron de atender el teléfono. Incluso plantaban a entrevistas ya pautadas, y por nuestra parte comenzamos con la práctica de sacar al aire sus contestadoras, para demostrar que los estábamos llamando y no nos respondían.
Quienes confiaban un poco más en nosotros, quienes eran algo más honestos, nos decían en voz bajita: “Lo siento, hermano, es que no estoy autorizado”. ¿Autorizados por quién? ¿Quién les prohibía atender una llamada de un periodista?
En 2007 me tocó ser productor de una televisora europea que venía a cubrir el referendo constitucional de aquel diciembre. Llegaron atraídos por la intensa campaña de lobby y cabildeo internacional que ejecutaba –y ejecuta- el gobierno venezolano, pensando encontrar una suerte de Robin Hood en traje rojo.
Una de las tareas era entrar a la mundialmente célebre Petróleos de Venezuela, eje del conflicto político que había degenerado en una masacre y un paro cinco años antes. Fue imposible. Nadie atendía las llamadas, nadie recibía los faxes, nadie contestaba a los correos electrónicos. Tal fue la desesperación del equipo, que se pidió la intercesión de la Embajada de Francia ante la petrolera para poder tener acceso a las instalaciones y grabar el material necesario. Fue infructuoso.
Finalmente, una funcionaria con quien logramos cierta empatía nos confesó: “No los van a dejar entrar. Aquí no hay nadie en su puesto. Todos están buscando autobuses, franelas, ‘cajitas felices’ para las manifestaciones por el Sí. Y no quieren que un canal de TV vea esto”. Quien se encuentre buscando explicaciones para la tragedia de Amuay, aquí tiene un elemento a considerar.
El mal trato a los reporteros de la Asamblea Nacional o el cierre de la Oficina de Prensa del actual CICPC, son apenas dos joyas de esta corona de espinas que hemos padecido los trabajadores de los medios durante más de 10 años.
Para concluir estas reflexiones, deseo compartir una penosa anécdota. Un colega de una emisora radial ecuatoriana con quien trabé buena relación en esos intensos tiempos, me pidió el teléfono del entonces ministro de Comunicación e Información, Willian Lara, para entrevistarlos sobre el inminente cierre de Radio Caracas Televisión. Le di el número de su celular, con la advertencia de que no lo había atendido en los últimos días. Minutos después, recibí otra llamada de la emisora quiteña porque la contestadora del celular decía: “RCTV será cerrada”. Por supuesto, marqué el número para comprobar tan insólita información. No solamente era cierto, además la voz era la del mismo ministro, hoy fallecido.
Estas anécdotas, sacadas con pinzas de entre días difíciles y duros, son más que suficientes, a mi jucio, para justificar la decisión de apoyar un urgente cambio de gobierno. Como alguien me dijo por ahí. “Si el Presidente no cambia, hay que cambiar al Presidente”. Es nuestro derecho.
@carlosroa1
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